Después de tomar una semana de vacaciones que se me hizo realmente corta, llegué a la conclusión que ya no tengo tanta pena, pero hay algo que me tiene profundamente enojada.
La cosa es así: es difícil hacer amigos, pero más difícil es tener la fortuna que esos amigos sean del tipo de gente que aperra. No me refiero a esos a los que les da paja pegarse un pique porque tu casa está muy lejos. Tampoco me refiero a los que se conforman con escribirte 3 líneas en un mail. Hablo de ése que es capaz de pegarse 3 piques a distintas partes de la ciudad en una noche por llegar a los cumpleaños de sus amigos, por no fallarles. Hablo de ése que te escribe papiros para decirte cómo se siente o cuánto te extraña.
Yo ya no tengo la fortuna de tener un amigo así. El único amigo que tenía que era así, murió en noviembre del 2011. Y eso me tiene enojada. Ultra. Pero ya no con dios, sino con casi todos los que quedan. Porque no son así, porque ninguno es así. Porque ninguno está realmente.
Es injusto y lo sé, porque yo tampoco soy de este tipo de personas. Pero cuánto apreciaría tener la fortuna de tener al menos uno así.
Ninguno llena tus zapatos.